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Paradigmas
de Juan Carlos
Barreto
Por Lic. Fernando Rius
Estas
obras, nacidas de la improvisada matriz de una servilleta, y tras una
sucesión exploratoria de técnicas visuales han conocido por fin -o por
principio- la luz. Después de todo, ¿qué otra cosa que esa luz
resultaría la razón de ser de una obra plástica? O su sinrazón porque el
arte se alza vencedor o cae vencido en la inconstante arena donde
rivalizan lo racional y lo irracional. Cualquier hecho estético, aún el
de apariencia más elemental, puede consentir siempre una índole compleja
con tal de que se lo quiera auscultar y percibir, por ejemplo, como
lucha secreta de oposiciones íntimas. Ese juego de opuestos, perdura una
vez más en las series de Barreto.
En primer lugar el carácter espontáneo del dibujo escurrido como al
descuido en un papel casual se antepone a la aplicación minuciosa de un
procedimiento técnico posterior que es más empírico y más reflexivo.
Pero si en la primera operación, la del desliz antojadizo de la raya, no
debemos descartar completamente una rendija por donde pasa un soplo de
razón, en la segunda, la más experimental, la más cerebral, tampoco hay
que dejar de lado el centelleo de la intuición.
En
segundo lugar, es menester recordarlo, a lo largo de la historia, el
arte se fue desenvolviendo en dos tendencias, más o menos diferenciadas
y no siempre paralelas ni puras. Una, como regida por la realidad misma,
y que en un sentido amplio e inexacto podríamos declarar realista, se ha
distinguido por su afán de objetiva duplicación de la naturaleza.
Empresa ésta cuyo éxito -o fracaso- se ha discutido hasta el hartazgo.
La otra quizá más desenfadada e inclinada a liberar fantasías y
consagrar fueros personales, constituye la tendencia expresiva que opone
a la objetividad imperiosa del mundo la transmutación subjetiva del
artista. Sin demorarnos para discutir aquí sus intrincados
entrecruzamientos, baste decir que estos dos trayectos no están ajenos a
la presente muestra. En cada trabajo individual conviven plásticamente
bajo la tensión de los polos abstracto y figurativo, aflorando uno
apenas por encima del otro según el caso. En tercer lugar, advertimos el
contraste - que también es un contraste de valor - entre los gruesos
rastros oscuros, acromáticos de la figura, y el fondo por lo general
monocromático o casi, que tiende a rellenar con cierta homogeneidad los
vacíos recortados. La cuarta y última de estas oposiciones - podríamos
enumerar más - viene dada por el antagonismo entre la reminiscencia de
un trazado original a lápiz o birome, dinámico, inquieto, captación de
un fugitivo, a menudo involuntario movimiento corporal, y su fijación
técnica final, detenida, disecada, donde yace el testimonio de una
remota microtopografía irregular, porosa o estriada, ampliada ahora
hasta la indiscreción voyeurista.
Este
proceso iniciado en un momento de ocio creativo, de autonomía expresiva,
sin otras condiciones que las características físicas del soporte y el
pigmento hubo de continuarse después en una industriosa búsqueda gracias
a rituales tecnológicos variados cuya elucidación el artista se reserva.
Sin embargo, la obra aparentemente terminada no se detiene ahí. Su
itinerario estético se proyecta más allá del mero hecho material
cumplido en una combinación paradigmática de formas y colores. Otros
sentidos la aguardan al proseguir su curso en la mirada del observador.
Lic. Fernando Rius |