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Ciudades Invisibles
de Juan Carlos
Barretto
Por Lic. Ársel Alvarez -
(Buenos
Aires, Julio 2006)
Una
mirada viva puede quedar atrapada por una ciudad que siempre es
extraña pero familiar a un tiempo. El perfil enmarañado de azoteas
cruzadas por antenas y cables como pastos por los caminos de las arañas
es propicio para ello. Barretto
ha sabido verlo.
Varios
metros por debajo, su vista permanece inquieta en una servilleta de
papel dibujando mientras mantiene una conversación y tantea un partido
de fútbol en el televisor del local. ¿Cómo es posible este cruce de
paralelismos, este enredo de rastros? Es posible, simple, e inmediato, y
así son los trazos sobre el papel que dibuja. Lo ha visto y nos lo
enseña como Marco Polo hizo para Kublai Kan – porque sin duda los
dibujos de Barretto
inspirarían bellísimos textos para una de las ciudades invisibles de
Italo Calvino.
Y es que Juan Carlos
Barretto
– su técnica es síntoma – tiene la enfermedad del café. Su actividad es
incesante, pero pausada, y sus dibujos son sedimento de una mirada, de
su voz, del azar – que nunca lo es –, son síntoma de la belleza de los
seres que se camuflan también en la ciudad. Su forma de dejarse llevar
en la búsqueda del dibujo es ya el logro de haber encontrado una mirada,
y el espectador, ávido de miradas con las que nutrir su vista, se siente
agradecido.
Quien se vea contagiado
por estos cuadros será un Kublai Kan que pide la sorpresa pero no el
exceso, querrá libertad absoluta de movimiento pero un paisaje para el
despliegue de su imaginación, no querrá engaños sino dejarse llevar
tranquilo inventando el relato que subyace a la obra; contagiado por la
enfermedad del café, querrá dialogar con la obra como si lo hiciera en
la mesa de una cafetería con el autor.
A. M. Ársel |